¿Importa la fecha? No. Importan los hechos. Importa que aquella tarde lloviera a cántaros, con truenos y rayos. Yo aguardaba en un alero desvencijado del carretero aquel y no fueron minutos solamente, fueron horas, la lluvia parecía que quería barrerlo todo. Por el carretero no pasaba un alma y solo se podía escuchar el golpe de la lluvia sobre el planeta tierra. De vez en cuando el chasquido de ramas rotas que a lo lejos anunciaba el paso de algún animal. Era un carretero ancho y parecía lustroso con la lluvia, en realidad pude darme cuenta que no hace mucho debían haber terminado de asfaltar la vía, porque aún permanecían en la vera ciertas evidencias, un bidón con huellas de brea, lo que quedó de unas tablas, algún residuo metálico que los trabajadores fueron dejando en la orilla. Hacia abajo lo único que se podía divisar es la densa neblina que abrasaba todo el horizonte. Hacia arriba se podía ver un trecho mayor de la carretera, ¿pero quién podía adivinar que cuesta arriba es más seguro? Nadie. Así las cosas y empapado hasta los huesos, decidí caminar hacia abajo, hundirme en esa espesa neblina, desaparecer. De eso precisamente se trataba el viaje, cuando la noche anunciaba su reinado en esos lares.
A pesar de la neblina y a pesar de la noche cobijándolo todo, pude adivinar el subtrópico apenas empecé a caminar cuesta abajo, esperando sentir pronto el viento tibio de la llanura costera. Mis bestias estaban repuestas gracias a la lluvia y al descanso obligado. La carga estaba asentada suficientemente en sus lomos y parecían gozar de cierta comodidad a pesar del descenso. El viaje no fue nada fácil, un arriero lo sabe y por lo menos en los parajes más inhóspitos era bien sabido que rondaban los cuatreros, cuya fama hacía temblar a los alguaciles más duros. Especialmente uno, de nombre César Soto, decían que controlaba esta ruta para el tráfico de aguardiente. Yo llevaba mi recortada lista, por si era necesario su uso. –No me va a joder a estas alturas- pensé, pues los bultos que transportaba eran mi única fortuna. Contó una vez mi madre que Soto la había visitado. No fue en el pueblo, sino en la Quinta del valle. Era un cholo feo y decidido. Llegó una madrugada a la Quinta en busca de hierba para los animales que componían su caravana, buena parte de los cuales eran robados. Mi madre, que eso lo sabía con sobrada seguridad, le atinó a decir con cierta autoridad: – Vea Compadre, tome la hierba que quiera, pero eso sí, vaya cortando ordenadito, como si usted fuera el dueño.
El negocio funcionaba así: los parientes en mi pueblo se encargaban de comprar borregos a los indígenas de los páramos. Había días en que grandes manadas se amontonaban en los solares del pueblo, atados a unas estacas de madera que me atrajeron mucho cuando niño. Eran labradas por sus dueños con rostros de personajes que me parecían retratos de sus propios autores. Había también rostros de diablos, de brujas y de hadas. Eran un pequeño reino de personajes fabulosos que destacaban cuando no había ovejas y con quienes jugábamos los amigos de infancia. Cuando los animales llegaban, eran atados a las cabezas de las brujas, de los diablos, de los hombres o mujeres. Había por lo menos unas veinte estacas retratadas hasta el más mínimo detalle.
Las ovejas permanecían atadas en estos solares por no más de dos días, tras lo cual empezaba la jornada de sacrificio. Desde mi pequeño dormitorio se podía escuchar al amanecer los desaforados alaridos de los animales y cuando eso sucedía, sabíamos todos los niños del pueblo que era un día de fiesta. Era un espectáculo que se repetía cada mes: hileras de animales colgados de unas perchas elaboradas de manera provisional –todo era provisional en el pueblo- y listos para el desposte. Desprender el cuero de los animales era una labor deseada por nosotros, los niños de entonces. Los hombres introducían sus puños y se deslizaban con aparente facilidad entre el cuero y la tibia carne de los animales, apenas adheridos por telas de sebo que cedían al paso triunfal de los puños. Las mujeres cortaban los vientres de los animales, desprendían todas sus vísceras y las colocaban en enormes bateas de madera, cuyo lustre me gustaba tanto mirar. Nosotros ayudábamos limpiando presurosos e inexactos la majada que habían dejado los animales cuando vivos. El olor en el paisaje era inconfundible: una mezcla de sangre, vísceras, deshechos de cientos de tripas, majada y cuero de borrego. También nos encargaban a los niños la templada de los cueros en los solares vacíos, decenas de cueros extendidos al sol. Cuando cumplí quince años, mis padres me dijeron que debo acompañar a los arrieros para que me entrene lo suficiente y empiece el trabajo solo. Así lo hice y desde entonces a eso me dedico: a trashumar los caminos siempre solo. Usted me debe creer, mi General Alfaro, esa ha sido mi labor los últimos cinco años: llevar la carne de mi pueblo hacia la costa, sin ninguna compañía.
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