Tío Alfonso

Publicado en Uncategorized con etiquetas el abril 6, 2012 por marlobrito

Te has ido Tío Alfonso
pero aquí están tu longeva alegría,
tu vida trashumante,
tu bohemia perpetua
como si nos dijeras “vivir no es un exceso”
llevaste tu existencia en un acto
mágico, interminable
un drama que se cuenta en la vera del camino
una comedia para animar los tristes días estos
un humo de cocina,
un taburete donde sentarse la tarde de domingo
una tienda exigua
una montaña
también una tragedia, cómo no
muchísimas heridas
innumerables señas de las heroicas horas
que viviste.

Recurrente será nuestro llamado, Tío Alfonso
nos hará falta siempre una montaña
una tienda exigua
un taburete.

El tiempo…

Publicado en Uncategorized con etiquetas el noviembre 7, 2011 por marlobrito

El tiempo…

El tiempo, Darien, nadie lo sabe
simplemente se depura y se filtra
en esto que llamamos vida
va recogiendo los vestigios
que dejamos
las andanzas
los amores
los hijos

El tiempo, Darien,
nadie sabe la brevedad de su fulguración
que solo se prolonga en tus ojos

Imaginando el mar

Publicado en Uncategorized con etiquetas el septiembre 11, 2011 por marlobrito

De cómo el abuelo Pacífico conoció al General Alfaro.

Publicado en Uncategorized con etiquetas el septiembre 11, 2011 por marlobrito

¿Importa la fecha? No. Importan los hechos. Importa que aquella tarde lloviera a cántaros, con truenos y rayos. Yo aguardaba en un alero desvencijado del carretero aquel y no fueron minutos solamente, fueron horas, la lluvia parecía que quería barrerlo todo. Por el carretero  no pasaba un alma y solo se podía escuchar el golpe de la lluvia sobre el planeta tierra. De vez en cuando el chasquido de ramas rotas que a lo lejos anunciaba el paso de algún animal. Era un carretero ancho y parecía lustroso con la lluvia, en realidad pude darme cuenta que no hace mucho debían haber terminado de asfaltar la vía, porque aún permanecían en la vera ciertas evidencias, un bidón con huellas de brea, lo que quedó de unas tablas, algún residuo metálico que los trabajadores fueron dejando en la orilla. Hacia abajo lo único que se podía divisar es la densa neblina que abrasaba todo el horizonte.  Hacia arriba se podía ver un trecho mayor de la carretera, ¿pero quién podía adivinar que cuesta arriba es más seguro? Nadie. Así las cosas y empapado hasta los huesos, decidí caminar hacia abajo, hundirme en esa espesa neblina, desaparecer. De eso precisamente se trataba el viaje, cuando la noche anunciaba su reinado en esos lares.

A pesar de la neblina y a pesar de la noche cobijándolo todo, pude adivinar el subtrópico apenas empecé a caminar cuesta abajo, esperando sentir pronto el viento tibio de la llanura costera. Mis bestias estaban repuestas gracias a la lluvia y al descanso obligado. La carga estaba asentada suficientemente en sus lomos y parecían gozar de cierta comodidad a pesar del descenso. El viaje no fue nada fácil, un arriero lo sabe y por lo menos en los parajes más inhóspitos era bien sabido que rondaban los cuatreros, cuya fama hacía temblar a los alguaciles más duros.   Especialmente uno, de nombre César Soto, decían que controlaba esta ruta para el tráfico de aguardiente. Yo llevaba mi recortada lista, por si era necesario su uso. –No me va a joder a estas alturas- pensé, pues los bultos que transportaba eran mi única fortuna. Contó una vez mi madre que Soto la había visitado. No fue en el pueblo, sino en la Quinta del valle. Era un cholo feo y decidido. Llegó una madrugada a la Quinta en busca de hierba para los animales que componían su caravana, buena parte de los cuales eran robados. Mi madre, que eso lo sabía con sobrada seguridad, le atinó a decir con cierta autoridad: – Vea Compadre, tome la hierba que quiera, pero eso sí, vaya cortando ordenadito, como si usted fuera el dueño.

El negocio funcionaba así: los parientes en mi pueblo se encargaban de comprar borregos a los indígenas de los páramos. Había días en que grandes manadas se amontonaban en los solares del pueblo, atados a unas estacas de madera que me atrajeron mucho cuando niño. Eran labradas por sus dueños con rostros de personajes que me parecían retratos de sus propios autores. Había también rostros de diablos, de brujas y de hadas. Eran un pequeño reino de personajes fabulosos que destacaban cuando no había ovejas y con quienes jugábamos los amigos de infancia. Cuando los animales llegaban, eran atados a las cabezas de las brujas, de los diablos, de los hombres o mujeres. Había por lo menos unas veinte estacas retratadas hasta el más mínimo detalle.

Las ovejas permanecían atadas en estos solares por no más de dos días, tras lo cual empezaba la jornada de sacrificio. Desde mi pequeño dormitorio se podía escuchar al amanecer los desaforados alaridos de los animales y cuando eso sucedía, sabíamos todos los niños del pueblo que era un día de fiesta. Era un espectáculo que se repetía cada mes: hileras de animales colgados de unas perchas elaboradas de manera provisional –todo era provisional en el pueblo- y listos para el desposte. Desprender el cuero de los animales era una labor deseada por nosotros, los niños de entonces. Los hombres introducían sus puños y se deslizaban con aparente facilidad entre el cuero y la tibia carne de los animales, apenas adheridos por telas de sebo que cedían al paso triunfal de los puños. Las mujeres cortaban los vientres de los animales, desprendían todas sus vísceras y las colocaban en enormes bateas de madera, cuyo lustre me gustaba tanto mirar. Nosotros ayudábamos limpiando presurosos e inexactos la majada que habían dejado los animales cuando vivos. El olor en el paisaje era inconfundible: una mezcla de sangre, vísceras, deshechos de cientos de tripas, majada y cuero de borrego. También nos encargaban a los niños la templada de los cueros en los solares vacíos, decenas de cueros extendidos al sol. Cuando cumplí quince años, mis padres me dijeron que debo acompañar a los arrieros para que me entrene lo suficiente y empiece el trabajo solo. Así lo hice y desde entonces a eso me dedico: a trashumar los caminos siempre solo.  Usted me debe creer, mi General Alfaro, esa ha sido mi labor los últimos cinco años: llevar la carne de mi pueblo hacia la costa, sin ninguna compañía.

Toque de queda

Publicado en Uncategorized con etiquetas el agosto 21, 2011 por marlobrito

Para la lluvia…. buena compañia

Qué canción!!

Publicado en Uncategorized con etiquetas el agosto 21, 2011 por marlobrito

Una canción para mirar unas fotos, para urdir la trama nueva…

El vacío

Publicado en Uncategorized el agosto 20, 2011 por marlobrito

Ayer experimenté algo que no había sentido nunca: el vacío, lo que Kundera llama “levedad”, pero lo sentí no en el mundo exterior, sino en mis tripas, en las paredes intestinales, en la garganta, en el parietal izquierdo y en el parietal derecho, en el sístole y el diástole, como si este corazón se hubiera quedado -necio él- en la vereda de enfrente. Así me sentí ayer, agosto diecinueve, en esta ciudad de verano, pero apuñalada por un aguacero de esos que despiertan señales de alarma en todos los puestos de vigilancia. Eran las 10:30 de la mañana y en mi trayecto a la oficina todo me daba vueltas, como si estuviera a punto de un desmayo.  Entonces lo pude reconocer, era el vacío, que repentino se apoderaba de mí. No tuve otro remedio que dejarlo estar, facilitarle la tarea de tomar posesión de todos mis dominios y de vencerme. Qué más da. Si no estás aquí, qué más da. En la tarde me reanimó la conversación con Tamia, le despertó  mi llamada pues hacía una siesta en casa de Carlita -eso dice ella-, aunque sabemos que debería decir la casa de David, su enamorado. Me pidió quedarse a tomar un café después de su última clase de universidad y tal como lo planeado, nos encontramos a las 10:30 de la noche de regreso a casa.  Las horas exactas, los momentos gemelos, la cena frugal, el sueño cansino, el amanecer, el breve paseo en bicicleta, el desayuno en este momento -Tamia se hizo unos huevos fritos con queso-, yo estoy tomando un café cargado con pastel y queso. También el vacío sigue allí. Se puso a temblar cuando sonó el teléfono y eras tú.  Lástima que fuera una llamada fallida y que no vuelva a sonar el teléfono. El vacío sigue allí. Estoy escuchando unos viejos sones cubanos en aquella radio que conoces. Estoy burlando al vacío, lo estoy esquilmando con tu recuerdo. A propósito, ¿sabías que recordar proviene del latin re-cordaris, o sea “volver a pasar por el corazón”?

La Catedral

Publicado en Uncategorized con etiquetas el julio 20, 2011 por marlobrito

Una joya para el verano que termina y no fue…

 

Avenida de los volcanes

Publicado en Uncategorized el julio 13, 2011 por marlobrito

Vengo de un caminar inagotable

Por senderos poco conocidos de los andes

Asciendo hasta el segundo refugio y miro

La avenida de los volcanes

Allí

Mientras el viento azota mis huesos

En plena soledad

Te contemplo y no quiero descender

Un aire fantasmal

Publicado en Uncategorized el abril 16, 2011 por marlobrito

El pueblo o el barrio tenían un aire fantasmal. Recuerdo que estuve parado un buen tiempo debajo de un cielo raso gigantesco pero bastante alto, sostenido por un bosque de pilastras que, sin embargo, dejaban ver el paisaje por todos lados. En un costado se veía una calle de piedra y la luz de la tarde la iluminaba intensamente o por lo menos eso me parecía bajo aquel cielo raso. Apuré mis pasos y antes de salir de aquella extraña edificación se acercaron dos mujeres que cubrían su cabello con chales negros.

- Vamos pronto, dijo una de ellas, cuida el agua.

- Toma una botella, dijo la otra mujer estirando su mano hacia mí. Yo la tomé con inapagable sed y fui detrás de ellas por el camino empedrado. Me di cuenta que llevaban varias botellas, pero sus gestos indicaron que no necesitaban ayuda. Reprimí mis iniciales deseos de ayudar y seguí caminando.

A no más de doscientos metros en el camino se divisó un caserón pegado a la montaña. Observé que las mujeres apuraban el paso y yo hice lo mismo. Era una construcción de dos o tres plantas, relativamente moderna, con un portón de madera que para abrir debía desplazarse sobre rieles.

Juro que no escuché nada, ni siquiera un temblor de hojas. El silencio era espantosamente silencio. Alcé la mirada y en la segunda planta un ventanal estaba cercado por barrotes metálicos. Entonces apareció él tras el cristal, un ser fuera de sí que vociferaba con ojos desorbitados, me gritaba desesperado, me increpaba, me insultaba, me amenazaba y eso adiviné por sus gestos y por las enormes huellas salivales que iba dejando en el cristal de la ventana. A un lado y a otro del individuo dos mujeres que parecían enfermeras reían a carcajada limpia y me señalaban con el dedo.

En un instante recobré el sentido y miré en dirección a las mujeres del agua. No había un alma y el silencio seguía allí dominándolo todo. Estuve inmóvil una eternidad y no sabía si alzar la vista nuevamente o echar a correr.

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